El caso de Lian Flores

El caso de Lian Flores

El 22 de febrero de 2025, en Ballesteros Sud, provincia de Córdoba (Argentina), desapareció Lian Gael Flores Soraide, un niño de 3 años, hijo de madre y padre bolivianos. Su ausencia detonó una serie de interrogantes profundos sobre las fallas institucionales, los vacíos legales y la vulnerabilidad social.

La familia Flores Soraide llegó a residir en Argentina tras dejar Bolivia, en busca de una vida más digna. Hablan quechua y aymara. Trabajan en ladrillos, en cortar y moldear el adobe, en jornales de albañilería que dependen del calor, del esfuerzo físico, de la tierra bajo los pies. Tienen cinco hijos varones; Lian el más pequeño que jugaba en el patio, de tez trigueña, cabello oscuro, educado en la cotidianidad del trabajo duro, de los silencios. No hay ostentaciones, no hay privilegios, solo la esperanza de que con honestidad y esfuerzo se construya algo mejor.

La pobreza que habita su vida no es solo económica: es marginalidad social, discriminación silenciosa, barreras lingüísticas, visibilidad reducida. Ser boliviano migrante en una zona rural de Córdoba no solo significa trabajar extenuantes horas bajo sol; también significa que cuando algo malo sucede —como la desaparición de un hijo—, los mecanismos institucionales tardan, los medios tardan, la voz se pierde en los ecos del prejuicio.

El relato oficial y familiar coincide en lo esencial: Lian fue visto por última vez cerca de las 15:30, jugando en el patio. Al despertar sus padres, el niño ya no estaba. Vecinos alertados; policías, bomberos, búsqueda vecinal. Se solicitó la activación de Alerta Sofía, protocolo que debe cumplir ciertos requisitos, y que busca movilizar todos los recursos al menor indicio, mediático, institucional y social.

Pero el tiempo transcurrió. Rastrillajes largos, terrenos difíciles, caminos rurales sin señal clara, zonas de monte, hornos de ladrillo, pozos abandonados. Se secuestraron celulares, vehículos, se interrogaron vecinos, se tomaron versiones. Se abrió secretísimo de sumario. Pistas que parecían prometedoras se disipaban ante la falta de evidencia firme. Se habló de “enemistad vecinal”, de envidia por una máquina para cortar ladrillos que tenía el padre, de mensajes inquietantes enviados a una mujer que la familia llama “curandera” o “médica espiritual”, respecto a los cuales no se sabe si hay vínculo real con la desaparición.

El protocolo Alerta Sofía y sus desafíos estructurales

Alerta Sofía es uno de los pocos instrumentos estatales que interpelan el tiempo: busca que, cuando desaparece un niño, no haya espera burocrática, que todo el sistema —policías, fiscales, autoridades judiciales, medios, comunidad— actúe con urgencia. Fue instituido en 2019, inspirado en sistemas similares como el Amber Alert de Estados Unidos.

Pero en la práctica, como vimos en este caso, y en otros, los tiempos son largos, los recursos escasos, las demoras judiciales frecuentes, los territorios rurales olvidados. Los requisitos son numerosos; la activación depende de que los fiscales y jueces evalúen el “alto riesgo inminente”, lo que puede demorar, entre otras cosas, si no hay información suficiente. En zonas donde el acceso es precario, la comunicación lenta, la infraestructura limitada, esa demora es muchas veces la diferencia entre la vida o la muerte, entre hallar al niño vivo o nunca hallarlo.

Además, Argentina está en proceso de transformar este protocolo en ley, lo que implicaría normativizar plazos, responsabilidades, coordinación federal, provincial y municipal, y una centralización de información que hoy muchas veces está fragmentada.

Hallazgos digitales, sospechas y la delgada línea entre indicios y certezas

Meses después de la desaparición, la investigación reporta hallazgos que cambian la naturaleza del caso: no sólo se busca entre los árboles y la tierra, sino también en lo intangible de los dispositivos electrónicos. Se dice que en celulares de vecinos cercanos aparecieron archivos de abuso infantil. Que hay mensajes misteriosos, versiones de camionetas con vidrios polarizados que circularon por la zona. Que existe una especie de “curandera” cuya presencia siempre fue mencionada como alguien que realiza rituales “espirituales” en la comunidad. Versos que flotan entre lo rumor y lo posible.

Pero —y este “pero” pesa mucho—, hasta ahora nada de eso está probado judicialmente. No hay sentencia, no hay declaración pública de prueba directa de que esos elementos constituyan vínculo cierto con la desaparición de Lian. Hay riesgo de contaminación de evidencias digitales, de testimonios influidos por miedo, vergüenza, rumores. Hay riesgo de que la familia quede expuesta al escarnio si ciertos indicios circulan como certezas falsas.

Empatía, abandono institucional y el valor del silencio que exige justicia

Cuando hablamos de este caso, no podemos limitarnos a los hechos que se advierten: también debemos mirar lo que no se dice, lo que permanece en los márgenes. Ver el rostro de una madre que pide que su hijo aparezca; el cansancio del padre que hace días que no duerme; la sospecha constante de que el prejuicio, la discriminación, la migración, han dado forma a una invisibilidad previa, estructural. Y también mirar que lo institucional funciona, muchas veces, como un remedo: hay protocolos, hay declaraciones, hay promesas, pero la acción concreta, la certeza de justicia, sigue siendo esquiva.

Las preguntas no resueltas no son muchas pequeñas casualidades: ¿quién vio exactamente la última vez al niño? ¿qué tan rápida fue la denuncia? ¿cómo se conservan los datos digitales recolectados? ¿cuál será la resolución judicial cuando las pruebas culminen? ¿y dónde estaban las redes de protección social, las autoridades locales, las escuelas, los servicios de salud, cuando esta familia migrante necesitaba más que nunca un puente institucional?

Lian Flores sigue desaparecido. Su historia no solo pide ser resuelta, pide ser comprendida como lo que es: un espejo frío de las fallas del Estado, de la marginalidad social, de las zonas rurales invisibles, del dolor que subyace bajo los discursos reaccionarios. Que aparezca Lian, o que al menos se arroje luz suficiente para que su familia tenga paz, verdad, justicia. Eso no exige sensacionalismo, exige responsabilidad. No pregona certezas prematuras, exige que lo que no se sabe no se insinúe como verdad. No clama venganza; reclama protección, reparación, humanidad.

Escrito por: Yoshelyn Ruiz Soleto

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